martes, 22 de mayo de 2012

JULIO RAMÓN RIBEYRO: UNA VIDA DE SUEÑO




JULIO RAMÓN RIBEYRO: UNA VIDA DE SUEÑO
Abraham Prudencio





En medio del fervor patrio por la reincorporación de la heroica ciudad de Tacna, el 31 de agosto de 1929 Julio Ramón Ribeyro daba sus primeras bocanadas de aire. Nada hacía presagiar que años después este niño se convertiría en uno de los escritores más apreciados tanto dentro como fuera del Perú.

Impulsado por la tradición familiar estudió Derecho y Letras en la Pontificia Universidad Católica del Perú; sin embargo, ganado por la vocación literaria abandonó sus estudios jurídicos.

1.- INICIOS:
En 1948 inicia su apasionante carrera literaria con el cuento “La vida gris” que publicó en la revista Correo Bolivariano. Poco tiempo después, en 1953, tras ganar un concurso de cuentos convocado por el Instituto de Cultura Hispánica, se traslada a Paris para seguir estudios de literatura francesa en la Sorbona, este viaje le permitió conocer países como Bélgica, Polonia, Italia y Alemania.

Después de tantos avatares e infortunios en 1954 publica su primera colección de relatos al cual emblemáticamente llamaría “Los gallinazos sin plumas”.

En Europa su experiencia vital es sometida a las más duras pruebas, realiza todo tipo de trabajos con el fin de mantener incólume sus aspiraciones literarias. Entre 1955 y 1956 aprovechando su estancia ideal en Múnich escribe su primera novela “Crónica de San Gabriel”, en su diario “La tentación del fracaso” hace referencia del mismo:
      "Escribí "Crónica de San Gabriel" cuando me encontraba viviendo solo en Munich (Alemania), sin saber alemán y en una pensión en donde era imposible comunicarse por desconocer el idioma, tampoco salía a la calle por el frío polar imperante...comencé pues a escribir para salirme del entorno en el que vivía e imaginar todo el tiempo pasando unas plácidas vacaciones en la sierra peruana. Claro que no sabía entonces que escribía una novela, sino me divertía recordando algo ameno para olvidar algo adverso".
Luego de su debut literario nos entrega “Cuentos de circunstancias” en (1958), “Las botellas y los hombres” (1964), “Tres historias sublevantes” (1964), “Los cautivos” (1972), “El próximo mes me nivelo” (1972), “Silvio en El Rosedal” (1977), “Sólo para fumadores” (1987) y “Relatos santacrucinos” (1992).

La colección de todos sus cuentos se encuentra reunido bajo el título de “La palabra del mudo”, el propio Ribeyro nos explica en una carta escrita en 1973 el porqué de este título:
      "porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de las palabras, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido ese hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias".
Sus libros se enfocan sobre todo en la narrativa urbana de los años de los años 40 y 50, sus personajes reflejan la frustración individual y colectiva.

La aparición del Boom latinoamericano marcó todo una época en el sentido que sus integrantes apostaron por la innovación técnica y por plasmar la novela total. Julio Ramón Ribeyro, en cambio, prefirió mantenerse al margen, y seguir escribiendo al mismo estilo decimonónico del siglo XIX. Ello no significó una limitación, al contrario, reforzó la primacía de lo temático antes que de la forma. Ribeyro logró plasmar la vida diaria de la población peruana, sus personajes tienen una relación directa con la gente de carne y hueso. Una de las virtudes de Ribeyro fue graficar el cambio social que vivía el Perú, es decir, narra el preciso momento de la plena transformación de la ciudad- monstruo.
      “…creo que la violencia y la soledad son temas fundamentales en mis libros. Asimismo la dificultad para comunicarse con el prójimo. La marginalidad es otro tema. Muchos de los personajes de mis cuentos están desubicados en su medio social. Son desocupados o delincuentes, o pequeños empleados descontentos de su destino, en fin… Esto lo he visto mucho después de escribirlos”.
2.- CUANDO EL FRACASO ES UNA TENTACIÓN:
Ribeyro también cultivó un género poco frecuentado por escritores peruanos, se puede decir que es uno de los pocos que realizó de manera organizada el diario íntimo. Este diario empieza en Lima el 11 de abril de 1950 y termina el 30 de diciembre de 1978; todo este largo periplo fue publicado bajo el título de “La tentación del fracaso”. Este texto es de una importancia capital.Como se sabe Ribeyro fue poco dado a las entrevistas y mesas redondas, los flashes y cámaras lo desconcertaban hasta el punto de intimidarlo, por esta razón lo que se sabía de él era realmente muy poco, pero gracias a la aparición de este diario hemos podido conocer un poco más acerca del escritor y al ser humano real. El 30 de agosto de 1959 por ejemplo apunta lo siguiente:
      Cuando era más joven me decía: “Antes de cumplir los 30 debo hacer algo importante”. Mañana los cumplo y no he realizado nada que valga la pena. Otros han hecho dinero o se han casado. Yo no he hecho sino gastar dinero y perder o renunciar a las mujeres (C. se ha casado en Estados Unidos con un médico italiano y Mimí espera en Amberes desde hace mes y medio una importantísima respuesta mía que todos los días aplazo) Todo esto es el precio de una carrera literaria, en este pobre país. ¡Si por lo menos me dieran el premio de teatro! Sería suficiente para justificar todo este año de vagancia, de mala noche, de enfermedad y despilfarro. (…) Interrumpido mi relato “Al pie del acantilado”. La casa a punto de alquilarse y no sé dónde iré a vivir. Hay algo que cruje en medio de todo esto, algo que va a derrumbarse. Hace dos noches con Hernando Cortez en un bar sentimos pesar nuestro desánimo y nos dijimos que ya no teníamos juventud.
Ribeyro es un autor de una extraña voluntad, la soledad y el hecho de creer haberlo perdido todo es una constante, en su diario hay una sensación de acabamiento. Nos enteramos, gracias a este libro, de sus inicios, de su profunda vocación literaria, de los avatares y paradojas que le toca vivir en el extranjero, sus manías, gustos y antipatías, habla de la vida y la muerte, de sus temores y ambiciones, de amigos y enemigos, de las mujeres y el vino. Expresa en síntesis unas ganas profundas de vivir y sentir, su vida y literatura se fundamenta en la búsqueda de lo inevitable e impredecible.
3.- PARADOJAS DE LA VIDA:
La vida de Ribeyro siempre ha estado ligada a circunstancias extrañas y paradójicas, la sucesión de hechos extraños hacen de Ribeyro un hombre no de carne y hueso sino en todo un personaje de novela. Se cuenta la historia que una vez le pidió a Alfredo Bryce, su amigo íntimo, un poco de dinero, éste le prestó presuroso pensado que era por un asunto de suma urgencia pero al rato siguiente su asombro creció al ver a Ribeyro partir presuroso en un taxi por alguna avenida de la gran Paris mientras que él esperaba como todo mortal el metro para llegar a su destino. O la vez en que un profesor de Huanta lo agasajó con comidas y cervezas saludándolo a todo instante, no podía creer que estuviera departiendo con el gran Julio Ramón Ribeyro el escritor que publicó esa gran novela de todos los tiempos “La ciudad y los perros”. Una vez agasajado y bien comido Ribeyro estratégicamente prefirió que el profesor se quedara con esa verdad, ser confundido por otro es algo doloroso pero Ribeyro prefirió que esa sea la verdadera historia.

Se cuenta también la vez en que se vio traducido al francés, Ribeyro saltaba de felicidad de ver su sueño hecho realidad; sin embargo, esta alegría fugaz vino acompañado con una ingrata sorpresa. En el libro figuraba su nombre y sus cuentos pero en la foto de la solapa no salía él sino el retrato de un escritor africano que por cosas de la vida tenía su mismo apellido, Ribeyro no supo cómo solucionar este grave error sin caer en racismo; sin embargo, para su tranquilidad, este grave error fue corregido tiempo después. Fernando Ampuero da cuenta de otro suceso difícil por la que pasó nuestro narrador:
      Las cucharitas del hospital:“Cosas raras, sí. Tan raras, y a la vez tan intensamente dramáticas, como lo que le sucediera treinta años atrás, en un hospital público de Francia, cuando Julio Ramón, convaleciente de una operación de cáncer al estómago, advirtió que su vida dependía de las cucharas y cucharitas que él pudiera robarse de las bandejas de otros pacientes. Julio Ramón se hallaba en la peligrosa sala común de ese hospital. Se le veía sumamente delgado y se dudaba de su recuperación. Los médicos proporcionaban mayores cuidados y mejor comida a los pacientes que subían de peso. Los pacientes se pesaban a diario, y aquellos que ganaban peso a lo largo de varios días recibían una amplia sonrisa de aprobación y eran trasladados a una sala especial, en tanto los otros seguían en la sala común, considerada por los pacientes y el personal médico como el moridero, pues allí todos los días le ponían el biombo a más de un enfermo a punto de palmarla. Julio Ramón, consciente de la crucial importancia del peso, vivió la hora de la balanza con el suspense de una película de Hitchcock. Temía ser descubierto. "Fueron momentos de gran tensión y autocontrol", me dijo, "en las que debía ingeniármelas para esconder disimuladamente en los bolsillos de mi piyama y mi bata las cucharas y cucharitas que me robaba a fin de subir varios gramos por día a la hora de pesarme". Ese peso ficticio, ese peso adicional, le salvó la vida. Lo pasaron a la sala especial, donde se alimentó mejor, y, gracias a ello, mejoró su salud y vivió veinte añosmás.”
Estas y demás cosas le pasaban a un tímido Ribeyro que cuanto más quería pasar desapercibido allí estaban los amigos, cuanto más buscaba la soledad allí estaba la prensa, cuanto más los rechazaba allí estaban los premios y el reconocimiento. Se podría decir que Ribeyro sólo escribió un libro cuya temática se centra sobre todo en la preocupación por el ser humano marginado.

La atmosfera que se respira en sus textos es de una Lima conflictiva donde la tensión va creciendo a cada minuto. Los personajes desintegrados familiarmente simbolizan la desesperanza, la marginalidad, frustración, soledad, la constante ironía hace de los personajes emblemas de los seres de carne y hueso, la vida diaria de los personajes se circunscribe en los límites de la periferia concreta y simbólica. Sus cuentos reflejan al Perú de los años 50 y 60, cada historia particular y en apariencia aislada se universaliza gracias a los grandes temas subyacentes: la soledad, el desarraigo, la frustración, marginalidad. Hay un tratar de saber quiénes somos, y el porqué de las cosas. Por eso el desenlace de cada historia riberyana es desconcertante por que los personajes sencillamente no terminan yéndose con la suya sino es un darse cuenta de haber sido víctima de los caprichos del destino.

Julio Ramón Ribeyro pasó la mayor parte de su vida en Europa. La distancia solidificó su interés por el Perú, por esta razón la mayoría de sus textos tienen como escenario su país natal, y el interés por el suelo patrio se evidencia en libros como Crónica de San Gabriel (1960), Silvio en el rosedal (1976). En sus más de 87 cuentos (cuentos completos, Alfaguara, 1996) el lector puede conocer un poco más esa Lima cambiante y conflictiva.
4.- INFLUENCIAS:
Ribeyro plasma una literatura personal, no trata de describir la sociedad sino de dar cuenta de una realidad, su literatura se fundamenta en un contexto vital y cotidiano. En su registro personal no se puede decir que tenga una influencia directa y aplastante de ciertos autores, en él se puede hablar más que todo de admiración de autores del siglo XIX como Edgar Allan Poe, Antón Chéjov y Guy de Maupassant de quien tradujo un brillante libro.

Ribeyro se impone de esa manera como uno de los autores de estilo personal explorando y robusteciendo la narrativa de América Latina.

5.- LA AMISTAD INCONCLUSA:
Paris fue escenario donde tanto poetas con narradores llegaban a confluir, llevados por el misterio y el hechizo, La Ciudad Luz se había convertido en un enclave romántico donde se podía desarrollar mal que bien, proyectos literarios. Es así como en 1958 Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro coinciden en la capital francesa; al respecto Vargas Llosa en su libro de memorias “El pez en el agua” se refiere a Ribeyro con admiración “todos lo comentábamos con respeto”.

Posteriormente gracias a la intervención de Mario y Luis Loayza Ribeyro se integra a la agencia de noticas France Presse. Sin embargo, esta amistad se verá quebrantada por asuntos políticos que venían del gobierno militar. Mario Vargas Llosa se ha referido a Ribeyro con durísimas palabras calificándolo de convenido político sólo para seguir conservando un puesto burocrático. Tras este infeliz impase devino un largo silencio como signo de ruptura ante todo tipo de amistad. Sin embargo Ribeyro tuvo otros amigos como el talentoso Alfredo Bryce Echenique con quien compartió una sincera amistad hasta el final de sus días.
6.- PREMIOS:
Si hablamos de premios literarios y nos regimos a la verdad de las mentiras pareciera que en esta lluvia de premios y trofeos lo ganan autores que a veces menos lo merecen. Ribeyro a través de su larga trayectoria y su estilo personal ha ganado un premio que muy pocos escritores lo detentan y esa es de la admiración y constante lectura y relectura de jóvenes de todas las generaciones que se van renovando de manera continua, es admirable ver como los jóvenes se acercan a él con placer y admiración. En su haber también obtuvo premios tales como:

Premio Nacional de Novela (1960), Premio de Novela del Diario Expreso (1963), Premio Nacional de Literatura (1983), Premio Nacional de Cultura (1993), Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1994).

El universo creado por Ribeyro es complejo y diverso, reina el desarraigoy la marginalidad. Los personajes están supeditados por una voluntad superior, es decir son víctimas del sistema. Este realismo urbano refleja los sucesos sociales e históricos por la que está atravesando el Perú. Cada historia es particular, relata una realidad compleja, las disputas y fricciones que tienen como denominador común la discriminación, el racismo. Los personajes se ven envueltos en constantes conflictos, la segregación y, el fracaso están directamente ligados a lo económico y social.
7.- EL AMIGO FIEL Y ENTRAÑABLE:
Uno de los placeres indesligables al de la escritura fue el placer de fumar, todos sus actos se relacionaban y confundían con este vicio cada vez más creciente y necesario, se volvió tan esclavo de su gran poder que no podía realizar ningún acto sin esa “vital” presencia.

Impulsado por este poder absoluto Ribeyro escribió uno de los cuentos más hermosos y desgarradores acerca de este tema, este texto no podía ser mejor titulado “Solo para fumadores”. En este extraordinario trabajo Ribeyro nos cuenta todo ese proceso esclavizante pero placentero, nos cuenta sus primer encuentro con el cigarro hasta sus penosas y angustiantes operaciones, nos relata de los incontables cigarrillos que fumó según su situación económica, por sus manos se hizo humo cientos de marcas tales como cigarrillos de tropa, derby, chesterfield, incas, lucky, bisonte, gauloises, gitanes, players británico, pall mal, camel, dunhill y los famosos malbores palabra con la que componía y formaba otras palabras.

Ribeyro aguijoneado por esta necesidad se vio obligado a mendigar cigarros, pedir fiado, trabajar para el cigarro, caminar por la calle mirando el piso con la esperanza de encontrar un cigarro a medio fumar, todo ello y más hasta ser empujado a lo peor de todo vicio: desprenderse de los objetos más amados como un acto de fe que obliga a la adoración total y absoluta, en el texto en mención relata lo siguiente:
      “Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses —y en consecuencia leer mis cartas—, y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas, subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en comenzar. Un día me dije: "Este Valéry vale quizás un cartón de rubios americanos", en lo que me equivoqué, pues el bouquiniste que lo aceptó me pagó apenas con qué comprar un par de cajetillas. Luego me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban más que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse muchas esperanzas, fue solo recibido porque le añadí de paso el teatro de Chejov. A Flaubert lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar durante una semana los primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca edición en español, y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza. "Aquí no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso". Fue lo que hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo” (Ribeyro, 1996: 577,578)
Ribeyro mientras fumaba trataba de dar una explicación razonable a este acto, era consciente que seguir manteniendo este vicio sólo le traería problemas; sin embargo, el creía que después de todo había una justificación a este acto por ello a carencia de una explicación razonable y convincente él mismo formuló su propia teoría del por qué persistía en este vicio placentero, he aquí su teoría:
      “Me dije que, según Empédocles, los cuatro elementos primordiales de la naturaleza eran el aire, el agua, la tierra y el fuego. Todos ellos están vinculados al origen de la vida y a la supervivencia de nuestra especie. Con el aire estamos permanentemente en contacto, pues lo respiramos, lo expelemos, lo acondicionamos. Con el agua también, pues la bebemos, nos lavamos con ella, la gozamos en ejercicios natatorios o submarinos. Con la tierra igualmente, pues caminamos sobre ella, la cultivamos, la modelamos con nuestras manos. Pero con el fuego no podemos tener relación directa. El fuego es el único de los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra, pues su cercanía o su contacto nos hace daño. La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador. Y este mediador es el cigarrillo. El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin ser consumidos por él. El fuego está en un extremo del cigarrillo y nosotros en el opuesto. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde, pero es nuestra boca la que expele el humo. Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida. Esta relación, los pueblos primitivos la sacralizaron mediante cultos religiosos diversos, terráqueos o acuáticos y, en lo que respecta al fuego, mediante cultos solares. Se adoró al sol porque encarnaba al fuego y a sus atributos, la luz y el calor. Secularizados y descreídos, ya no podemos rendir homenaje al fuego, sino gracias al cigarrillo. El cigarrillo sería así un sucedáneo de la antigua divinidad solar y fumar una forma de perpetuar su culto.” (Ribeyro, 1996: 590)
Se dice que muchos escritores, poetas, y artistas tienen la bendita manía de fumar pero muy pocos han escrito sobre este tema, Ribeyro con este trabajo hizo uno de los más memorables cuentos acerca de este tema, y no podía ser de otra manera porque así como le dio la felicidad también se podría decir que le dio la muerte.
8.-CUANDO SE APAGA LA CHISPA:
En 1973 Ribeyro por fin se percata de su mortalidad, después de un exhaustivo examen médico la conclusión es irrefutable: se le detecta cáncer el cual será su sombra hasta el final de sus días.

Sabía que este vicio le iba a causar la muerte; sin embargo, continuó escribiendo y fumando por más que el doctor Dupont le mostrara su cuchillo como señal de lo inevitable, la muerte se lo llevó por el pulmón el cuatro de diciembre de 1994, pero se fue tranquilo dejándonos a nosotros, siempre inconformes de este mundo real, un legado de historia y perseverancia.

Mientras escribo este texto mes es imposible encender uno de los siempre dulzones Lucky y mientras olisqueo su empaque miro a través del círculo rojo la imagen de Ribeyro y entre la soledad y el recuerdo me digo no has muerto maestro, en cada lectura y relectura de tus cuentos vuelves a la vida con más energía que nunca así como cuando tecleabas tus primeros cuentos.

* * *
BIBLIOGRAFÍA
- Cuentos Completos, Alfaguara, Madrid, 1996.
- "La tentación del fracaso", diario personal (1950-1978) Editorial Seix Barral, Barcelona, 2003.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El proyecto novelístico de José María Arguedas según Julio Ramón Ribeyro



El proyecto novelístico de José María Arguedas según Julio Ramón Ribeyro1

Antonio González Montes
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
agonzalm@correo.ulima.edu.pe


En este año del 2009, las letras peruanas recuerdan con unción, afecto y reconocimiento, los 40 años de la desaparición física del gran escritor nacional José María Arguedas (1911-1969) y los 80 años del nacimiento de otra figura central de la literatura peruana: Julio Ramón Ribeyro (1929-1994). Reconforta comprobar que ambos creadores están vigentes y que sus obras se leen y analizan no solo en el Perú sino en el ámbito internacional, tanto en la lengua española como en otros importantes idiomas. 



viernes, 1 de julio de 2011

JULIO RAMON RIBEYRO, EL DECALOGO

JULIO RAMON RIBEYRO, EL DECALOGO



1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.

2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.

3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.

5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.

6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.

8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

“La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo lo he hecho. O aún algo mejor: inventar un nuevo decálogo”, JULIO RAMON RIBEYRO.


lunes, 30 de mayo de 2011

Nueva Nómada (Cinosargo 2011): Los Gallinazos sin Plumas, arte conceptual.

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"Los Gallinazos sin Plumas", arte conceptual.


Los Gallinazos sin Plumas” es un cuento escrito por Julio Ramón Ribeyro, reconocido escritor peruano, considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura latinoamericana. La narración apareció por primera vez en el primer libro del autor (del mismo nombre que el cuento). Mas tarde fue compilado en "La Palabra del Mudo", recopilación de textos escritos por Ribeyro entre 1955 y 1977. El cuento en si ofrece una cruda visión de la explotación infantil y de la pobreza en Latinoamérica.


Editorial Cinosargo lanzará dentro de poco el primer número de "Nómada", revista que continua el trabajo realizado previamente con las adaptaciones de autores Chilenos, Juan Emar, Coloane y Bolaño publicados en la edición cero de esta serie. Más información sobre esa primera versión en el siguiente link. http://cinosargo.bligoo.com/media/users/0/49205/files/9531/entrevista_a_daniel_rojas_en_las_ultimas_noticias.pdf

En cuanto a la Nómada que dentro de poco irrumpirá en el medio nacional como revista periódica de Cinosargo, podemos destacar la presencia de diversas adaptaciones a comic de diferentes escritores de renombre, así como también el espacio para textos narrativos de autores consagrados y emergentes.

Dentro de este marco se traspasará a “Los gallinazos sin plumas” al mundo de las viñetas. El guión adaptado del original estará a cargo de Edgard Lara, mientras que la tarea de ilustrar correrá por parte de Esteban “Fideo” Morales.

A continuación las primeras ilustraciones parte del arte conceptual de la adaptación. Clic en las imágenes para agrandar.

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Pronto más información.





domingo, 24 de abril de 2011

Julio Ramón Ribeyro, el cuentista flaco pegado a un cigarro

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Julio Ramón Ribeyro, el cuentista flaco pegado a un cigarro

Por Gabriela García
La Tercera, 26 de Marzo de 2011

Un hombre busca restos de colillas en los bordes del Sena. En sus bolsillos, vacíos como los de un espantapájaros, sólo hay un puñado de fósforos con los que un flaco Julio Ramón Ribeyro prende nicotina al invierno de París.

Corren los años 50, y el escritor peruano se ve obligado a vender sus libros de Balzac y Flaubert para pagar un piso con ventana hacia la calle. De esa precariedad, donde vagan los derrotados, así como de ceniza y vino tinto, está hecha la obra de quien revive en las librerías gracias a una nueva edición de sus cuentos completos y narrativa breve.

Publicada por Seix Barral con el título La palabra del mudo, según el crítico Julio Ortega "si el Perú desapareciera, éste podría ser reconstruido, gracias a estos relatos que quedan entre Chejov y Maupassant".

Nacido el 31 de agosto de 1929 en un barrio limeño de clase media, si Ribeyro es considerado una de las mejores plumas de Latinoamérica, esto en gran parte se debe a "ese 3% que la ciencia le deja al milagro", dice a La Tercera su amigo Alfredo Bryce Echenique.

"Eso fue lo que me dijo textual el médico que operó a Julio Ramón por un cáncer al esófago con metástasis en 1973. Y es que cuando tenía 40 años, lo dejaron en un apartado de vidrio empañado en que se solía dejar a los muertos para que se los llevaran ya", explica el autor de Un mundo para Julius sobre una vida marcada por el infortunio.

Ausente por tiempo indefinido

Silencioso, melancólico y escéptico, el peruano que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1983 escribió como si de niño estuviera viviendo los créditos de su propia tragedia. Así es cómo reza uno de los personajes de La palabra del mudo: "Se deslizó por el mundo inadvertidamente, como una gota de lluvia en medio de la tormenta".

Titulado La vida gris, con ese texto Ribeyro debutó en la literatura en 1948, en la revista Correo Bolivariano. Rescatado ahora en la reedición junto con su primer libro, Los gallinazos sin plumas (1955), y su autobiografía Sólo para fumadores (1987), ese relato lo escribió cuando estudiaba Derecho, carrera en que lo matriculó su madre para que sacara de la ruina a la familia que acababa de enterrar al padre.

Sin embargo, en 1952 una beca le permitió embarcarse a Europa y dedicarse a lo que verdaderamente le gustaba. "A pesar de lo que se piensa y dice del desorden con que escribía, fumando, bebiendo o cargando o las tres cosas a la vez, Julio Ramón fue un escritor genuino y lleno de ideas y proyectos", afirma Bryce sobre el coterráneo con el que selló una hermandad en París.

Fue un día cualquiera que Ribeyro se apareció en su casa buscando una cámara de fotos para registrar a su hijo que estaba por nacer. Como Bryce no tenía máquina, se pasaron la tarde andando, comiendo y bebiendo pisco, vino y agua ardiente en los bares donde Atahualpa Yupanqui dormía la siesta o Hemingway, en otra época, mataba la resaca. Las horas se volvieron días y el hijo que tuvo con su esposa Alida Cordero nació sin él.

"Era un hombre flaco con una tremenda expresión de despiste, como si hubiera llegado por la puerta de servicio y anduviera en busca siempre de una puerta de escape", lo recuerda Bryce.

Sufrir para crear

Conserje, junior y reciclador de periódicos primero, luego periodista en France Presse, consejero cultural y embajador ante Unesco a fines de los 80, Ribeyro hizo de todo para sobrevivir mientras producía cuentos, ensayos y obras de teatro. Devorador de libros epistolares, entre lo mejor de su producción están Prosas apátridas y su diario La tentación del fracaso.

"El conformismo está tan arraigado en mí que me puedo acostumbrar a todo, incluso a la felicidad", confesaba el tipo solitario que Ortega recuerda "elegante aún en la pobreza". "Tenía el don de la palabra justa y de la fábula", dice.

Pero no tuvo la misma trascendencia para su contemporáneo Mario Vargas Llosa. Aunque fueron amigos durante 30 años y llegaron a compartir un departamento en París, el autor de La ciudad y los perros no le perdonó a Ribeyro la simpatía que éste tuvo con el presidente y general revolucionario Juan Velasco Alvarado. Ribeyro respondió diciendo que el Vargas Llosa de Conversación en La Catedral no era tan universal o que su amigo se había subido al carro de la celebridad."Había una tendencia a imponer su voz, a escuchar menos, a interrumpir", escribió en sus diarios sobre el almuerzo que tuvieron en 1971.

En 1993 Vargas Llosa lo retrató aún peor. En sus memorias El pez en el agua acusó a Ribeyro de acomodarse en los sucesivos gobiernos para no perder su cargo diplomático en Unesco. El capítulo se llamó El intelectual barato y produjo una fractura irreparable entre ambos. Ribeyro, esta vez, no contestó."Consideraba que sería una contienda desigual ya que Vargas Llosa, tenía acceso a los medios de comunicación y siempre tendría un público más amplio", revela el crítico de Ribeyro, Jorge Coaguila.

Alérgico a las entrevistas, según Bryce su pasión por el cuento por sobre la novela y su carácter huraño, lo marginaron del boom. Pero algunos escritores peruanos, como el entonces estudiante Coaguila, pudieron entrar en su departamento de Barranco y romper su hermetismo. "Recibir el atardecer con una copa de vino tinto, escuchando boleros, frente al mar, conversando sin protocolo es algo que no olvido. Su interés por personajes mediocres que sufren un chasco es una marca registrada. En sus libros no hay vencedores", recuerda Coaguila, quien hoy prepara una antología con su correspondencia.

"Anda a mi departamento. Si estoy te abro, si no, es porque estoy muerto", decía Ribeyro cuando lo instaban a salir. En los 90 el cáncer volvía feroz, pero él, salvo cinco años de abstinencia, "no podía escribir sin tabaco", cuenta Coaguila.

"Siempre es necesaria una dosis de sufrimiento para poder crear", señaló Ribeyro en 1994 a la TV peruana cuando parecía salvarse otra vez. Había ganado el Premio Iberoamericano Juan Rulfo y el galardón podía sacarlo de la penumbra. "Tenía ese estoicismo del que hace de la renuncia un estilo de vida. Pero cuando lo premiaron, lo primero que hizo fue visitar Nueva York. Hizo como hubiese hecho un personaje de sus cuentos, renunció a seguir renunciando, y se dio el gusto de ese último viaje", agrega Ortega.

Dos meses después de anunciado el premio, el 4 de diciembre, cuando sus amigos lo fueron a buscar para la ceremonia, la puerta de su casa simplemente no se abrió. Ribeyro esta vez viajaba en un féretro rumbo al cementerio Jardines de la Paz , en Lima, con una de Marlboro en la solapa. Tenía 65 años. Su sombra se quedó murmurando en el Sena.



sábado, 23 de abril de 2011

En busca de los diarios perdidos de Julio Ramón Ribeyro




En busca de los diarios perdidos de Julio Ramón Ribeyro

Por Diego Zuñiga H.
Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 27 de Marzo de 2011

En esa habitación hay estanterías repletas de libros. Y de cuadernos. Y de archivadores. En esa habitación, Julio Ramón Ribeyro escribió cuentos, partes de sus novelas, diarios, muchas páginas de sus diarios. De los que aparecen en La tentación del fracaso -que los recopila desde 1950 hasta 1978-, pero también de los que aún permanecen inéditos. Diarios acerca de su vida en París y sus distintos viajes por Alemania, Bélgica o España, como también de sus regresos a Lima.

En esa habitación, en distintos momentos, dos jóvenes escritores vivieron la misma experiencia casi epifánica: un día, en los años ochenta, Ribeyro los dejó entrar y les mostró sus diarios cuando aún no pensaba en publicarlos. Ambos jóvenes escritores -Santiago Gamboa ( El síndrome de Ulises ) y Guillermo Niño de Guzmán ( Caballos de medianoche )- ingresaron a la habitación y vieron lo mismo: las estanterías repletas de libros y en una parte de éstas -en el estante más cercano al piso-, cuadernos, muchos cuadernos y archivadores con los diarios de vida de Julio Ramón Ribeyro.

Niño de Guzmán cuenta: "Toda la tarde me dejó hojearlos al azar, a mi voluntad, y me encontré con pasajes memorables". Y Gamboa cuenta: "Me senté en el suelo y los empecé a ver. Cosas a mano, hojas de hoteles, diarios pasados a máquina; algo extraordinario".

Según Gamboa, había 4 mil hojas. Según Alfredo Bryce Echenique -amigo entrañable de Ribeyro y quien también leyó, alguna vez, sus diarios antes de que los publicaran-, eran más de 50 cuadernos y carpetas. Según Jaime Campodónico, el editor que publicó los primeros tomos de La tentación del fracaso (en Perú se editó en tres volúmenes), había material para publicar entre siete y nueve tomos más. Es decir, muchas, pero muchas más páginas que las 704 que contiene La tentación del fracaso .

Esta historia es sobre esas páginas: las que quedaron inéditas, las que están guardadas en un banco en París, pues, como apuntan varios amigos y editores de Ribeyro, Alida Cordero -su viuda- no las ha querido publicar. Esas que van desde 1979 hasta 1994 -año en el que fallece el peruano-, justo cuando había ganado el Premio Juan Rulfo y su obra comenzaba a ser reconocida.

¿Qué pasó con los diarios?

A partir de cierto momento, la historia de Julio Ramón Ribeyro se confunde con la historia de sus libros. Leer La tentación del fracaso o La palabra del mudo -sus cuentos completos- parecieran ser la mejor muestra de que vida y obra, acá, se fundieron casi completamente. Porque leer un cuento como "Solo para fumadores" -una apología del acto de fumar y, de paso, un retrato de los años cuando operaron a Ribeyro, dos veces, de cáncer- o revisar cualquier página de sus diarios, resulta, a ratos, el mismo ejercicio.

"Sólo faltaba eso: me tienen que operar. El médico me habló de una úlcera subcardial que ha cicatrizado mal y me obstruye el esófago (...). Ya no queda otra opción: voy al matadero", anota, en su diario, el 4 de enero de 1973. Y en "Sólo para fumadores" escribe: "Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cosido como una muñeca de trapo (...). Prefiero no recordar las semanas que pasé en el hospital alimentado por la vena y luego por la boca con papillas que me daban en cucharitas".

Quizás por eso La tentación del fracaso es un libro tan importante. Porque explica parte de la obra de Ribeyro -que, por supuesto, también se puede leer sin las claves autobiográficas-, pero además porque es uno de los diarios de escritores más deslumbrantes de los que se pueda tener memoria.

En la introducción del diario, Ribeyro anuncia que serán diez o doce volúmenes los que compondrán este libro -sólo alcanzó a publicar los primeros tres-, lo que deja en el aire todo ese material inédito. ¿Qué pasó con esos diarios?

"Yo los vi. El acuerdo que tenía con Julio Ramón, era que yo publicara todos los diarios", cuenta Campodónico. Esto ocurrió a principios de los noventa, cuando Ribeyro decidió trasladar todo su material inédito desde París a Lima y no imaginaba que aquellos años serían los últimos de su vida.

Los sobrinos de Ribeyro

La tentación del fracaso no sólo es una acumulación de hechos autobiográficos, sino más bien un libro que deambula, sin problemas, por los caminos del ensayo y el aforismo. Ribeyro habla de su vida y de sus amigos peruanos perdidos en París, pero también reflexiona acerca de la obra de sus contemporáneos (elogia La ciudad y los perros , de Vargas Llosa, como también Un mundo para Julius, de Bryce Echenique), sobre el ejercicio de leer y de escribir ("La gran admiración que nos despierta un escritor se nota no tanto en que nos impone la lectura de su obra, sino la lectura de sus lecturas preferidas") y sobre su propia figura de autor: "Escritor discreto, tímido, laborioso, honesto, ejemplar, marginal, intimista, pulcro, lúcido: he allí alguno de los calificativos que me ha dado la crítica. Nadie me ha llamado nunca gran escritor. Porque seguramente no soy un gran escritor", anota en 1976.

Sin embargo, su obra sí alcanzó a tener reconocimiento mientras él vivió, como cuenta Bryce Echenique: "Siempre fue un hombre muy seguro de lo genuino de su escritura y que nunca buscó la moda. Se mantuvo fiel a lo que él era, y tal vez por eso y porque su obra fue fundamentalmente cuentística, quedó fuera del llamado boom latinoamericano, aunque era muy respetado por estos escritores. Voy a citar a dos que cuando me conocieron me pidieron por favor que les presentara a Ribeyro: uno fue Julio Cortázar y el otro fue Juan Rulfo. Los dos lo habían leído, y se los presenté porque tenían una admiración ciega por Julio Ramón".

Pero, sin duda, fue durante sus últimos años en Lima, a partir de 1990, cuando Ribeyro vivió con mayor certeza el reconocimiento de su obra. Jorge Coaguila, experto ribeyriano y autor de ensayos y entrevistas al autor, lo conoció en aquel tiempo y recuerda el mítico lanzamiento del tomo 4 de La palabra del mudo, cuando el lugar se repletó: "Había muchas expectativas, porque no publicaba cuentos desde 1978 y ya para muchos era el mejor cuentista peruano de todos los tiempos. Entre las cosas que ocurrieron ese día, un sobrino suyo quiso entrar al auditorio y le dijo a un guardia: 'Yo soy sobrino de Ribeyro, quiero pasar'. Y éste le respondió: 'Lo mismo me han dicho muchos, así que no lo puedo dejar entrar. Son demasiados sobrinos'".

Los años finales

Para muchos amigos de Ribeyro, estos años en Perú fueron los más felices de su vida. "Durante ese tiempo no lo vi, porque yo estaba en Francia, pero sé que recibió todo el amor del mundo, bebió -como siempre, moderadamente-, fumó y estuvo rodeado de amigos escritores, todos jóvenes, quienes lo admiraban profundamente", cuenta Bryce Echenique. Son los años, también, en que recibe el Premio Juan Rulfo y viaja, por primera vez, a Nueva York, donde comenzaría el final de su historia. Allá se enfermó y regresó a Lima, donde fue hospitalizado para no salir más. Son, justamente, esos años los que están registrados en los diarios inéditos y que Ribeyro, cuando se estaba muriendo, decidió que su hermano Juan Antonio los buscara y los guardara. "Le dijo a su hermano que se los llevara a su casa, porque no quería que los diarios quedaran a la deriva. Confiaba en que él pudiera publicarlos, pero a la muerte de Julio Ramón, Alida se dio cuenta de que faltaban los diarios y pidió que se los entregaran", cuenta Lucy Ipenza, viuda del hermano de Ribeyro, quien alcanzó a leer los diarios, mientras los tuvo, pero prefiere no hablar acerca de su contenido.

Luego de eso, los diarios regresaron a París -están en un banco-, donde vive actualmente Alida Cordero y en quien recae la responsabilidad, según los entrevistados de esta historia, de que aún esos diarios permanezcan inéditos.

El heredero de Ribeyro

A Alida le molesta que piensen que los últimos años de Ribeyro fueron los más felices de su vida. "Son tonterías. Fue feliz cuando nos casamos, fue feliz cuando tuvo a su hijo. Tuvo amantes en Lima, pero eso no es sólo la felicidad, sino no hubiera regresado (durante los noventa, Ribeyro volvió un par de veces a París). Una cosa es estar en un trabajo y tener responsabilidades, y otra es quedarse de vacaciones sin ninguna responsabilidad aparte de escribir", explica Alida acerca de los años en Lima, cuando él sólo se dedicaba a la literatura. El hijo que ambos tuvieron y que se llama igual que Ribeyro, agrega: "Recuerdo que tuvo años muy felices en París. Pero es cierto, el hecho de dejar de trabajar y de volver a su patria, yo creo que lo puso muy alegre".

Él -que es director de fotografía- es el heredero directo de la obra de Julio Ramón Ribeyro. Sin embargo, es Alida quien ha manejado las publicaciones después de la muerte del peruano. Al plantearle la pregunta de por qué no ha querido publicar los diarios inéditos, ella explica en primera instancia: "No sé si hay un gran interés de parte de las editoriales. A éstas les interesa que el autor esté vivo. El día que encuentre una gran editorial que me certifique una distribución íntegra, tendrán como premio el segundo tomo de La tentación del fracaso ". Y Julio Ramón hijo, añade: "Es un trabajo muy delicado, porque mi padre corregía las cosas y no sé hasta qué punto las últimas partes del diario fueron revisadas. Sería un trabajo que habría que hacer con mucha seriedad y con mucho cuidado".

Además de este detalle de la corrección, Julio Ramón menciona otro: "No sé si una vez que se ha muerto un autor, haya que publicar todos sus borradores, porque supongo que había cosas que no le gustaban y las sacaba. Entonces no es una decisión cualquiera". Su madre concuerda con esta opinión, aunque confiesa que no cierra, completamente, la posibilidad de que se publiquen y así se cumpla, de alguna forma, con la dedicatoria que le escribió Ribeyro a Jaime Campodónico en la primera página de un ejemplar de La tentación del fracaso : "Este es el primer tomo y quiero que cumplas con editar los 10 siguientes. Un abrazo, Julio Ramón".

lunes, 20 de diciembre de 2010

Crítica al proyecto esotérico en La Insignia de Julio Ramón Ribeyro



Autor: Gonzalo Valdivia Dávila


Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) es un escritor representante del realismo urbano en la narrativa peruana de la generación de 1950 junto a Carlos Eduardo Zavaleta, Enrique Congrais Martín, Manuel Scorza, entre otros. Ribeyro destacó en el cuento, fue muy crítico de las fisuras entre las clases sociales y los proyectos de movilidad social de gente que termina en el fracaso o si no en la insatisfacción personal. Uno de estos cuentos es la Insignia (1952), trata de un hombre que encuentra la insignia de una sociedad esotérica, la usa y comienza a encontrarse con miembros de esa organización, al cabo de diez años asciende a presidente pero el desconoce el sentido de la misma y cree que las rayas rojas que pinta en sus conferencias deben contener la respuesta. Este relato aparece por primera vez en el libro de Ribeyro Cuentos de circunstancias (1958) y posteriormente es recopilado en su obra completa titulada La palabra del mudo, editada en cuatro volúmenes, de 1973 a 1992.

Es bien sabido que las sectas esotéricas han buscado adeptos por todo el mundo, ofreciendo conocimientos secretos que vagamente pueden explicar, adiestran a sus adeptos en sus principios místicos, pero siempre controlando el avance y el acceso a libros de la organización según grados en los que promueven a sus miembros. Además estas sociedades proclaman querer cambiar la sociedad de una manera burda y ambigua, sin delimitar sus proyectos, fines ni métodos, piden total sumisión y en muchos casos ceder todo o gran porcentaje de las rentas de sus acólitos para la organización.



La organización demuestra su rango internacional: El cuento sucede en Lima, Perú, pero la secta tiene conexiones con otras similares en distintos países. El librero Martín que hace conocer la organización al narrador, por verlo usar la insignia, le habla del reciente asesinato en Praga de Feifer, un miembro destacado, luego de tres años ya habiendo recibido el primer grado al año, el narrador es enviado por toda América a distintas locaciones de su organización. Parte del progreso ofrecido por estas sociedades a sus adeptos es el ofrecimiento de viajes pagados por los jefes y directivos para cumplir misiones que redundan en su promoción en los grados de la secta. La renta del narrador cuando llega a presidente alcanza los 5000 dólares, cifra significativa para la época del relato y además es una moneda internacional por su poder adquisitivo. El objetivo de la secta es captar adeptos por todas partes sin especificar la calidad del conocimiento ofrecido, con el fin de obtener rentas de los aportes de los miembros, sin embargo la cúpula de esta organización podrá asignar rentas a miembros antiguos que considera útiles para ganar dinero y asegurar el crecimiento de su organización.

Los encargos insólitos de la secta: Para las sectas esotéricas es vital mantener una aureola de ocultismo que llame la atención de sus adeptos y los motive a continuar en ella. El narrador realiza encargos sin sentido como conseguir papagayos, copiar números telefónicos, adiestrar a un mono, estas tareas extrañas mantienen el velo de misterio en sus encargados por su rareza, la secta sustituye la entrega de un conocimiento sólido por símbolos que guardan apariencia de exotismo. Además tuvo que espiar a mujeres que luego desaparecen sin dejar rastro. La secta como la mafia regula el avance de sus miembros, las mujeres desaparecidas son las que han acumulado información vital de los jerarcas de la secta en relaciones de alcoba y son peligrosas para la seguridad de la organización. Estas sectas influyen en la mente de gente que cree que accederá a ese conocimiento secreto algún día y que cree asimilarlo por la exposición de imágenes, símbolos y lecturas superficiales de carácter seudo científico y carentes de rigor académico. El último encargo del narrador fue fabricar una gruesa de bigotes postizos; esto representa el afán de esconder la identidad de los jerarcas de la secta y su preocupación por no ser identificados en público. Las sectas tienen proyectos que proponen ejecutar en una agenda incierta, como en la realidad estos objetivos exceden las fuerzas de su organización, los altos mandos prefieren mantenerse en la clandestinidad para no ser criticados por su falta de logros en cuanto al cambio de la sociedad, en el que de llegar según sus designios les conferiría una posición de liderazgo y poder que equivaldría al control del Estado.

El silencio sobre la insignia: Este cuento solo dice que la insignia de la secta es de plata y que posee signos incomprensibles, no nos informa sobre su forma ni diseño, eso la hace arquetípica de cualquier organización esotérica, su importancia es sólo para su agrupación, todos lo miembros de la secta la llevan, tampoco se habla si esta secta se encuentra en competencia con otras de su misma clase o si de lo contrario establecen nexos entre los distintos jerarcas de estas organizaciones para colaborar en su proyecto a largo plazo de toma de poder de la sociedad. La insignia se propaga por el narrador al establecer nuevas filiales en el continente, el mismo se siente desconcertado del progreso de su secta y sigue sin comprender el significado del conocimiento de la misma. Todo parece ser superficial por el silencio, el narrador como colaborador trabaja con energía pero solo dejándose llevar por la voluntad de sus superiores.

Conclusión: El esoterismo puede inducir a una persona a colaborar en sectas y organizaciones pero no llega a convencer plenamente a sus adeptos del valor del conocimiento que dicen impartir. Las sectas proveen una atmósfera de extrañeza y ocultismo que sirve para enganchar a los adeptos y evitar su deserción pero que no justifica su razón de ser. Esta falta de fundamento intelectual o científico en la secta produce el desencanto del narrador de este cuento, quien se deja dirigir y comparte actividades por una energía que no puede explicar. Estas sectas son criticadas porque lo único que hacen es explotar la credibilidad de sus adeptos para crecer y sustentarse. El misterio sobre su origen y sus conocimientos sirve para ocultar la banalidad de los mismos, porque en el fondo no hay nada edificante ni sustancial que pueda provenir de ellos.